Alberto Pérez, el Trovador Paisajista

A Pilar, mi madre

Elegiste para levantar el vuelo un día precioso de septiembre, con el cielo azul y el viento suave, y lo hiciste sonriendo, como complacida de haber llegado al final de tu viaje sin contratiempos. Ibas vestida con tu blusita color malva y tu pantalón blanco, y estabas guapa como un ángel.

Tu vida no estuvo exenta de sufrimiento, pero también supiste lo que era auténtica felicidad. Tuviste el privilegio de nacer en un lugar tan bonito como Sigüenza, con su pinar, paraíso de tus sueños, y su alameda, frente a la cual viviste y a la que tantas veces viste mudar de color.

Tuviste el privilegio de una madre delicada y sensible, que te esperaba al llegar del colegio con un pucherito de chocolate recién hecho, y el privilegio de un padre algo fuerte de carácter pero extraordinariamente inteligente y generoso; unos hermanos y hermanas a los que pusiste por encima de todo y unos sobrinos y sobrinas que al verte por la calle y decir: “¡tía Pili!”, más que decir, parecía que cantaban tu nombre.

Tuviste el privilegio de una maestra ejemplar, doña Alicia, a la que rendiste tributo de profunda gratitud cada día de tu vida, y una amiga de infancia, Carmina, en cuya casa fuiste tratada como una hija.

Encontraste en nuestro padre a un hombre austero, educado para el trabajo, la disciplina y el sacrificio; un hombre visionario, quizá nacido para artista, al que secundaste en todas sus empresas sin dejar de cuidarnos. Supiste respetar a su familia, y en ella encontraste a otra de las personas a la que siempre estuviste agradecida: el tío Serafín, quien te transmitió los secretos y el arte de la repostería, en que era maestro, y de la que tanto nos hiciste disfrutar.

Al morir nuestro padre y refugiarte en nosotros recuperaste sin querer tu infancia y adolescencia, y, sentada a la mesa camilla, hiciste dibujitos con las pinturas Alpino, como uno más, y recortaste mantelitos de colores.

Cuando fuimos creciendo y el destino nos atrajo hasta esta, para nosotros, hospitalaria ciudad de Madrid, te pudimos ofrecer nuestras casas, y las fuiste recorriendo año tras año como un ave migratoria, dando ejemplo de convivencia y tolerancia, virtud que supieron apreciar y admirar todos nuestros amigos y consortes, y que te hizo merecedora de invitaciones sucesivas en otras casas como la de los Montal, de Zaragoza, a cuya cita tantas veces acudiste.

Cuando por fin te atrapó la cruel enfermedad de Alzheimer y te fue despojando, uno a uno, de tus preciados dones, el que acaso sentiste más perder fue el de la palabra: tuviste un verbo certero y luminoso, del que afortunadamente fuiste capaz de conservar hasta el final la palabra ‘gracias’, esa sencilla y hermosa palabra que, al pronunciarla, lo hacías abriendo tal manera el corazón que nos rompías el nuestro.

Pero todavía tuviste un último e inesperado privilegio: la llegada de refresco, para reforzar nuestra presencia, de una mujer peruana, de rasgos exóticos y pelo negro, llamada Blanca, que supo leer tus pensamientos y entrar en espacios recónditos de tu ser que nosotros no conocíamos.

Nuestra hermana menor, María Antonia, fue tu lazarilla, y te guió y condujo, incansable, por cada uno de los rincones y confines de este bullicioso Madrid, para nosotros segunda patria; Pilar, nuestra hermana mediana, hizo construir una pequeña casa dentro de la suya propia para tenerte cerca y que a la vez no dejaras de sentirte libre; Isabel, nuestra hermana mayor, te colmó de felicidad llevándote tantas veces por el mundo; y yo, por la parte que me toca, no hice más que buscarte, domingo tras domingo, para contemplar contigo la caída de la tarde. Pero ya no lo volveré a hacer, por no turbar tu paz, por no estorbar tu vuelo, por no desdibujar tu sonrisa.

Alberto