Alberto Pérez, el Trovador Paisajista

Saludo

de fracEsto de “trovador paisajista” me lo puso un amigo que dice que, en el fondo, yo me dedico a la música para pagarme las excursiones, con sus paisajes y sus amoríos -cuando los hay-. Y debe de ser verdad, porque, cuando estoy a punto de emprender algún viaje, estas dos cosas no dejan de rondarme la mente.

Nací en Sigüenza un verano de 1950. Fui niño cantor con hábito blanco y cruz de madera, y virtuoso precoz en los instrumentos de rondalla. La adolescencia me la llenaron los acordes de una guitarra Fender y los besos de mi primera novia, esa que creí que sería para toda la vida.

Ya en Madrid, serví a la patria limpiando una corneta con sidol y aprendiendo canciones en fang de los soldados guineanos. La universidad y el conservatorio fueron como el cuento de nunca acabar, sólo amenizado por las carreras delante de los grises. Lo mejor de aquellos años fueron, sin duda, los viajes estivales a Europa, las actuaciones de flamenco y jazz en los colegios mayores, el cine de la nouvelle vague y el intercambio furtivo de libros. Y, naturalmente, los pisos de estudiantes, con su trasiego; y la furgoneta doscaballos azul, testigo de tantas peripecias.

De la Mandrágora recuerdo el humo, la risa y alguna mirada torva de mis compañeros; y de la época televisiva, los focos, el maquillaje y los autógrafos. Juré que nunca más sería famoso. Y, sin embargo, la estela de esa popularidad nunca buscada me mantendría por un largo periodo en la carretera, al frente de mi orquesta. ¿Cuántos músicos pasarían por ella? ¿Cuántos escenarios pisaríamos? Y, sobre todo, ¿cuantos paisajes desfilarían ante nuestros ojos? Porque un amanecer por Piedrafita, Pajares, Miravete o Despeñaperros, de vuelta a casa, es algo que no se olvida.

Los años de radio, especialmente de madrugada, con sus llamadas anónimas, quizá originadas en lugares remotos, y las largas horas de archivo, tuvieron también algo de viajero, como las canciones que yo cantaba, a petición de los oyentes, en el silencio de la noche. Aunque allí, el paisaje se dibujaba en la imaginación de cada uno.

Un día sentí la necesidad de aportar algo nuevo a todo ese repertorio universal, al que llevaba dedicado ya más de diez años, e invité a Chicho Sánchez Ferlosio a compartir conmigo la aventura de poner en marcha un baile con canciones originales. Fue una experiencia inolvidable, de la que los dos aprendimos mucho. A nuestras sesiones de trabajo solía acudir por sorpresa Carmen Martín Gaite, y, ella y yo, acabaríamos fundando “Avizor Records”. En poco tiempo se me fueron los dos. A Carmen le dediqué el libro-disco “Poemas”, y a Chicho el espectáculo “La Orquesta Volátil”.

Hace ya unos años que recuperé la guitarra, e ideé una manera de tocar los ritmos orquestales sin que perdieran su carácter; después, inventé otra para cantarlos a capella. Así que, ando ligero de equipaje. Y es que no hace falta más: un dubidubi, un buen paisaje y, si surge, una buena compañía.

Salud, amigos. Bienvenidos.